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Si el alcohol fuera descubierto hoy, seguramente sería ilegal

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Si el alcohol fuera descubierto hoy, seguramente sería ilegal

Investigador explora la tolerancia con que la sociedad acepta el alcohol, a pesar de los muchos daños que provoca, en ciertos aspectos a drogas demonizadas y perseguidas como la cocaína.

La presencia secular del alcohol en la vida cotidiana de la humanidad —que ha inspirado mitos fundacionales de su descubrimiento, protagonizados lo mismo por una divinidad pagana como Baco que por un personaje de la tradición judeo-cristiana como Noé— tiende sobre esta sustancia un manto de normalidad por el cual, usualmente, se le separa de otras tanto o más dañinas y adictivas pero notoriamente más perseguidas.

David Nutt, profesor de neuropsicofarmacología en el Imperial College London, está por publicar un libro de título Drugs: Without the Hot Air, en el que explora la contradicción existente entre los muchos efectos nocivos del alcohol (“más tóxico que el alcohol y el ecstasy”) y la amplia permisividad social con que se le trata.

Tan solo en el Reino Unido, el trago provoca 40 mil muertes, 350 por envenenamiento y 8 mil por cirrosis de hígado, costando aproximadamente 2.7 millones de libras (alrededor de 4 millones de dólares) al sistema público de salud; 7 mil accidentes de tránsito, de los cuales 500 concluyen con la muerte de alguien; 1.2 millones de incidentes violentos y 500 mil crímenes. Asimismo, el alcohol es la principal causa de enfermedad en la población masculina de entre 15 y 24 años, superando el sexo sin protección, las drogas ilícitas y los accidentes físicos.

Hechos que, sin embargo, la industria del alcohol tiende a minimizar, a reducirlos a una minoría desdeñable y poco significativa, fortalecida con mensajes que buscan ubicar estos “daños colaterales” como provocados por personas que no saben manejar su consumo de alcohol, el cual puede ser perfectamente saludable, normal y responsable.

Se trata de mensajes contradictorios, tácita o abiertamente engañosos, que dejan de mencionar características tan elementales como que el alcohol tiene una sustancia tóxica, el etanol, que es sumamente adictiva y tóxica y que al romperse dentro del cuerpo produce un elemento todavía más dañino, el acetaldehído, de cual nuestro sistema intenta defenderse con el rubor, la náusea, el dolor de cabeza y el malestar general que se presentan cuando se bebe alcohol. “[…] cualquier comida o bebida contaminada con la cantidad de acetaldehído que una unidad de alcohol produce, sería prohibida inmediatamente por considerarse un riesgo de salud inaceptable”, escribe Nutt.

no hay otra droga que dañe en maneras tan distintas sistemas de órganos tan diferentes en el cuerpo. […] La mayoría de las drogas causan daños primariamente en una o dos áreas —problemas cardiacos la cocaína, del tracto urinario la ketamina. El alcohol es dañino casi en cualquier punto.

En este sentido el investigador asegura que “no existe cosa tal como un nivel seguro de consumo de alcohol”: no hay estudios que, hasta ahora, hayan demostrado algún tipo de beneficio de este hábito. “El alcohol es una toxina que mata células y organismo, razón por la cual lo usamos para preservar comida y esterilizar agujas”.

Nutt también examina una proposición de la industria del alcohol que es un tanto oximorónica en sí misma, absurda: el imperativo de “Beber responsablemente”. ¿Cómo se puede ser responsable con una sustancia que apaga las zonas del cerebro encargadas de mantener la conciencia alerta y despierta y, por el contrario, activando las que emiten señales de cansancio y somnolencia.

De ahí que quizá tampoco pueda sostenerse la creencia, vuelta política pública, de que la educación es la principal herramienta para crear “consumidores responsables”.

Por supuesto creo que informar a la gente sobre los daños que provocan las drogas tiene una función importante en reducir estos daños —y por eso escribí este libro—, pero no es suficiente por sí mismo. Cuando acompaña a una sustancia adictiva que afecta nuestro juicio, no podemos confiar en que las personas reduzcan la cantidad que consumen, solo porque adquieren un entendimiento racional de sus daños. Si los productos están libremente disponibles, agresivamente comercializados, y cambian el cerebro volviendo su autocontrol casi imposible, entonces se necesitan también otros tipos de intervención.

Y no se trata, en lo absoluto, de una letanía moralista contra el alcohol. Sino, simplemente, de desmontar algunos mensajes que se tejen a favor y en contra de esas sustancias con las que el ser humano ha experimentado siempre —las cuales, cuando son parte de la naturaleza, del mundo, no son buenas ni malas en sí mismas.

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